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La Corrupción
y las Aduanas |
Corrupción y aduanas han sido dos vocablos que en nuestro país han
estado siempre vinculados. En la conciencia de la colectividad
pareciese estar arraigada la idea de que el primero de esos vocablos
fuese el género y el segundo la especie. Pero esta idea es por demás
injusta: Quienes conocen a fondo nuestro cotidiano acontecer aduanero
saben que son incontables los profesionales y técnicos que, dentro y
fuera de la administración pública, se han entregado con pasión (más
que con vocación) a la ciencia aduanera, haciendo de esta un verdadero
apostolado que, como tal, no deja de depararles sufrimientos,
angustias, incomprensiones, maledicencias y muy escasas
satisfacciones. Son individuos que aborrecen la corrupción dada su
inalterable contextura ética o porque han entendido que no pueden
envilecer lo que les es tan caro ni contaminar el hábitat dentro del
cual respiran y cohabitan.
La idea de designar profesionales y técnicos en las diferentes
funciones técnico-aduaneras públicas y privadas no persigue, como se
puede entrever, el exclusivo fin de erradicar actuaciones
desacertadas: Persigue también el de frenar la corrupción, pues
quienes no se han especializado en la materia mediante los esfuerzos,
sacrificios, experiencia y tiempo requeridos para ello, caerán con
mayor facilidad en la tentación de delinquir, porque en el fondo no
aman ni sienten interés verdadero por esa materia. Nuestra experiencia
ha sido prolífica con esos improvisados y advenedizos “aduaneros” que,
no obstante rangos y reputaciones precedentes, convirtieron
prontamente en chiqueros lo que en verdad debieron ser santuarios
(sabían que, así como llegaron, en cualquier momento podían ser
removidos, lo que los conminaba a “actuar” de inmediato para
aprovechar al máximo su miserable pasantía). ¿Qué ha quedado de esa
malhadada experiencia? Olvido, desprecio, grandes fortunas personales
y grupales y, sobre todo, una IMPUNIDAD que es y ha sido en gran
medida causa esencial de la corrupción aduanera venezolana. Debe,
pues, abandonarse definitivamente la perjudicial práctica aún en vigor
de designar en los cargos técnicos a personas cuyos únicos méritos
consisten en ser compadres, conmilitones, camaradas, compañeros,
recomendados, amigos o familiares del jefe de turno; al par, debe
también ser desechada para siempre la costumbre también hoy vigente de
excluirse del servicio a componentes valiosos del patrimonio humano de
nuestras instituciones aduaneras tan solo por el hecho de no ser
incondicionales a ese jefe de turno.
Pero no nos engañemos. También han sido numerosos los profesionales y
técnicos aduaneros que en sus distintas posiciones administrativas han
cedido ante las provocaciones de la riqueza fácil. Generalmente estos
felones escudan sus ilicitudes en su propio saber especializado:
Invocan reglas técnicas aparentemente sólidas que luego, al ser
“complacidos”, desechan sin riesgos; conocen cuándo pueden amenazar
con el cobro de derechos diferenciales, con la aplicación de multas o
comisos y con la apertura de procesos judiciales; saben cuántos
efectos negativos puede producir el retardo en la entrega de las
mercancías o el inicio de una investigación; están conscientes de los
costos y retardos ínsitos al ejercicio de recursos… Lo peor es que,
cuando no son satisfechas sus indebidas aspiraciones, estos traidores
suelen contar con el apoyo de sus superiores o de servicios paralelos,
quienes (independientemente de su integridad moral y ética) respaldan
sus actuaciones creyendo que ellas constituyen una defensa de la
legalidad y de los sagrados intereses de la República. ¿Complicidad
involuntaria?
La corrupción aduanera lesiona, en síntesis, estos sagrados intereses
fiscales, a más de los de la colectividad en general y derrumba el
prestigio de las instituciones aduaneras y de sus servidores. Tal
corrupción parece ser muy eficaz: Suponemos que logra sus propósitos
en muy breve lapso, a costos razonables y sin secuelas ulteriores, ya
que de no ser así no existiría, al menos en las proporciones que hoy
ostenta. De ahí que ella es la peor amenaza que pende sobre los
profesionales y técnicos del área que laboran en el sector privado: El
corruptor desea soluciones inmediatas que sólo son posibles con la
acción delictiva. Los procedimientos administrativos o judiciales
usualmente aparejan retardos y costos superiores a los que la
corrupción involucra. Se da así la enorme paradoja de que quienes se
someten a esos procedimientos judiciales o administrativos y quienes
los conducen son precisamente contribuyentes, profesionales y técnicos
honestos, vale decir, los que rechazan la hoy fácil vía de la
delincuencia y siguen estoicamente el camino arduo y lento de la
reclamación legítima, soportando de paso ser tildados de defraudadores
por los auténticos sinvergüenzas.
Las aduanas absorben el desprestigio que provoca la corrupción de
muchos otros servicios públicos vinculados al tráfico exterior de
personas y mercancías e, incluso, la corrupción de sus llamados
“auxiliares”. Esa otra corrupción es muy superior y enormemente más
dañina que la anidada en la propia administración aduanera. Interceden
aquí infinidad de actuaciones reprobables ejecutadas por funcionarios
de la Fuerza Armada, de sanidad humana, animal y vegetal, de
identificación y extranjería, de inteligencia y seguridad, de policía,
de puertos y aeropuertos, de tránsito y transporte, de control de
calidad, de control de divisas (entre otros) y por personas de derecho
privado tales como transportistas, porteadores, agencias de
transporte, consolidadores de carga, almacenistas y depositarios,
agencias y agentes de aduanas, verificadoras, couriers y empresas
bancarias y de seguros. Esta otra corrupción ha alcanzado colosal
dimensión en virtud de la vigencia de lo que un autor criollo (Asuaje)
ha dado en denominar como “la aduana boba”, o sea, esa que sólo
controla documentos (y no la carga misma) y que no ejerce a plenitud
la potestad superior que le confirió la Ley. Todo esto facilita que
egresen irregularmente de nuestras zonas aduaneras cargamentos de la
más variada índole (incluso productos perniciosos o peligrosos) en
proporciones gigantescas y con aprovechamiento masivo de los conocidos
contenedores. Ya ni siquiera se acude a la práctica subrepticia, pues
la desfachatez imperante hace innecesario el ocultamiento, la
oscuridad, la clandestinidad o el paraje desguarnecido que iban unidos
al contrabando tradicional.
La administración aduanera del país ha dado algunos pasos tendientes a
desacelerar la corrupción. La automatización, el mejoramiento de los
ambientes laborales y los mecanismos no intrusivos son algunos de esos
pasos; pero es imperativo profundizarlos, extenderlos y hacerlos más
estrictos para evitar a toda costa la manipulación o desdén que en
algunos casos han estado presentes en su aplicación. Por lo demás,
esos pasos han sido absolutamente insuficientes para erradicar o
minimizar el flagelo.
Una buena manera de enfrentar la impunidad podría radicar en la
revisión y seguimiento minucioso de la conducta profesional y personal
de cada funcionario. Así como la administración tributaria ha
demostrado ser severa con los contribuyentes aun ante incumplimientos
de simples deberes formales, con mayor razón tendría que ser más
rigurosa todavía con sus propios funcionarios por la violación de sus
obligaciones y por sus conductas que reflejen ignorancia, impericia,
negligencia, imprudencia y, en general, irresponsabilidad. Sin
embargo, no hemos notado en este sentido, hasta el día de hoy, una
auténtica, general, estricta e implacable política de actuación
oficial, ya que si bien percibimos un incremento de las funciones de
fiscalización hacia afuera, no ha ocurrido lo mismo con las funciones
de inspección hacia adentro. Además, si bien es recomendable que la
fiscalización del contribuyente sea ejercida por la propia
administración aduanera y tributaria, resulta inaceptable que la
inspección del funcionario también sea dirigida por dicha
administración (por aquello de que es inmoral que alguien se
investigue a sí mismo). El examen del modus vivendi del funcionario,
de su renta presunta y de su comportamiento técnico en ocasión de la
decisión de solicitudes de nuevos reconocimientos, revisiones de
oficio y recursos administrativos o judiciales, sería un componente
muy valioso para atacar la mencionada impunidad.
Podría aplicarse también al funcionario aduanero (con base en el
principio constitucional de autonomía técnica, funcional y financiera
de la administración tributaria nacional) un mecanismo de remuneración
en unidades tributarias, o sea, en esas mismas que regularmente son
actualizadas y aplicadas a los contribuyentes para el cumplimiento de
sus obligaciones de pago ¿Por qué lo que en este aspecto es válido
para el contribuyente no lo es para el funcionario? Los sueldos se
mantendrían así constantemente actualizados y el funcionario no
perdería su capacidad adquisitiva. De igual modo, la reimplantación
del sistema de obvenciones por resultado, estimularía al funcionario a
no caer en prácticas viciosas y a ser celoso en el cumplimiento de su
trabajo.
Por supuesto que, aparte de lo expresado, una reforma integral y
coordinada, legal y administrativa, es indispensable para atacar la
corrupción. Pero una reforma que se traduzca en hechos concretos,
tales como: implantación de tribunales de aduanas que conozcan de
materia contenciosa y delictiva; previsión científica de nuevos tipos
penales y de nuevas causales de sanciones, adecuados a los avances de
la modernidad; racionalización de esas penas y sanciones; regulación
estricta de los actos de los auxiliares aduaneros y de la
interconexión de sus diferentes tipos de servicio; previsión detallada
de las causales de suspensión y revocación de las autorizaciones de
esos auxiliares; indicación minuciosa de los deberes y atribuciones de
los funcionarios y de sus unidades de servicio; requisitos de
pertinencia de los regímenes aduaneros especiales o económicos y
coordinación entre ellos; mecanismos externos de inspección que
incluyan los altos cargos gerenciales del servicio y todas las
autoridades públicas vinculadas al tráfico exterior de bienes y
personas; control exhaustivo de la carga en sus facetas de llegada,
carga y descarga, acarreo, acopio, almacenamiento, despacho y
desaduanamiento; rotación de personal; inspecciones sorpresivas;
eliminación de algunas aduanas principales y subalternas y
racionalización de sus circunscripciones y habilitaciones; dotación de
laboratorios, bibliotecas y sistemas de archivo y acopio de
información…
La lucha contra la corrupción aduanera exige una labor exigente e
incesante: A nuevas vallas que se opongan al flagelo, éste buscará
nuevos caminos que es preciso sean cada vez más costosos, arduos y
riesgosos. Es una lucha que exige inteligencia y preparación, pero,
sobre todo, trabajo, convicción, autoridad moral y respaldo
institucional.
Cuando la corrupción responde a una mentalidad, a una manera de ser y
de pensar de la colectividad, es deber de los dirigentes dedicar todo
el esfuerzo posible para cambiar esa base de sustentación; cuando, en
cambio, la corrupción responde a una mentalidad, a una manera de ser y
de pensar de los dirigentes, tocará entonces a la colectividad dedicar
todo el esfuerzo posible para reemplazarlos; pero cuando la mentalidad
o manera de ser y de pensar en mención corresponden tanto a la
colectividad como a sus dirigentes, es obligación de los demás, por
pocos que sean, batallar contra la una y contra los otros. ¿En cuál de
estas tres situaciones hipotéticas se podría ubicar actualmente a
Venezuela? Espero que cada lector, luego de una plausible meditación,
pueda responderse esta pregunta: Ejecutaríamos así una encuesta
virtual que tal vez nos conduzca a que ninguna de esas tres
situaciones nos es aplicable. Y ojalá que así sea, por el bien de la
Patria y de sus hijos.
Autor: Marco Antonio Osorio Chirinos
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