Agosto de 2006 | Boletín #31

NOTAS SOBRE EL ACTUAL PANORAMA ADUANERO VENEZOLANO

No hay aplazaos ni escalafón:
los inmorales nos han igualao.
(Del tango “Cambalache”)

En un ejercicio de imaginación me he preguntado cuán difícil podría ser para los profesionales aduaneros (incluidos los técnicos dentro de esta acepción) que hoy desempeñan funciones públicas, actuar bajo estricto apego a sus principios morales, a su formación intelectual y a los elementales parámetros de juridicidad que ellos bien conocen.

La pregunta anterior nada tiene de impertinente, puesto que los más altos jerarcas de nuestras instituciones republicanas –y que no decir de los más pequeños- se han encargado a través de varios años de arraigar tal clima de inseguridad, desaliento y confusión en el espectro aduanero del país, que hoy podría resultar verdadera hazaña individual mantener una posición de reciedumbre y serenidad acorde con una convicción íntima, en lugar de otra acomodaticia y complaciente derivada del temor o de la conveniencia ocasional.

Sabemos que desde la misma fundación de la República nuestras aduanas han sido auténticos bazares regentados casi siempre por militares, familiares y adictos al régimen de turno, puestos allí no en virtud de sus estudios especializados ni con el propósito de ser útiles a la Patria, sino para enriquecerse y enriquecer a otros de manera fácil, rápida e impune. En otros tiempos tan nefasta práctica, si bien nunca justificada, encontraba explicaciones (que luego degenerarían en pretextos) en diversos fenómenos sociales, tales como: carencia de gente capacitada para asumir las respectivas funciones; concreción de estas funciones a un objetivo meramente recaudatorio; falta de conciencia sobre la importancia integral del control aduanero; aislamiento del país con respecto a la fijación de su política económica y comercial… Pero hoy esas explicaciones o pretextos han perdido sustento: el país ha sido regado de institutos técnicos y de educación superior a todo lo largo y ancho de su territorio, de los cuales ha emergido un enorgullecedor caudal de profesionales. Y el área aduanera no es, afortunadamente, la excepción, pues cuenta en la actualidad con recursos humanos de excelencia, dignos y preparados para asumir las múltiples y complejas tareas propias de dicha área. Además, la apertura, inserción y participación de nuestro país en tratados, convenios y acuerdos internacionales de todo tipo le han permitido tomar conciencia de cuán importantes son las aduanas (más allá de su superada y hasta deleznable función recaudatoria) para el desarrollo armónico de una sociedad.

¿Cómo entender, entonces, que la execrable praxis aludida haya continuado hasta nuestros días y se mantenga hoy con signos tan visibles de frondosidad y vigor?

Para dar respuesta a este interrogante, como decíamos, ya no pueden ser esgrimidos los mismos argumentos que otrora respaldaban cinismos y provocaban resignaciones. La respuesta actual tiene, entonces, que radicar en otras razones que han quedado desnudas con los años hasta mostrársenos descarnadamente tal cual son y entre las cuales destacan la corrupción (la simple, vulgar, abyecta y sempiterna) y su pariente cercano: el sectarismo (que, como aquella, envilece todo cuanto toca).

Es así como hemos venido contando en las Aduanas Principales del país con una serie de Gerentes que no poseen los más mínimos conocimientos especializados sobre el tema y cuyas únicas credenciales no pareciesen ser otras que la de ser o haber sido miembro de la Fuerza Armada y, por supuesto, la de ser un sumiso feligrés del régimen. Para ello han sido obviadas las reglas administrativas más elementales: no se exige curso previo siquiera de adiestramiento básico; no se comienza por aduanas subalternas o de poco movimiento, o ejerciéndose cargos subalternos para luego poder accederse a los superiores. En fin, el incumplimiento más grosero de lo que la Ley previene. Ya nos podemos imaginar a un Técnico Superior Hacendista egresado de la Escuela Nacional de Administración y Hacienda Pública y sin ninguna educación militar comandando personal de tropa en una escaramuza con paramilitares en la frontera: seguramente todo ese personal quedaría diezmado en poco tiempo. ¿Por qué admitir entonces que un profesional militar sí podría desempeñar exitosamente una función administrativa de suyo compleja para la cual no está preparado?

¿Y qué hacen nuestros profesionales aduaneros cuando se topan con esta cruda realidad? Hace poco me narraba un amigo reconocedor de una importante aduana del país cómo su recién nombrado Gerente, militar no por casualidad, en la primera reunión de profesionales que convocó, les dijo: “¡No toleraré fallas de ninguno de Ustedes: a la primera falla están botados!” En esa ocasión faltó que alguien replicase al novel funcionario: ¿Y si la falla es cometida por Usted, señor Gerente? ¿Presentaría de inmediato su renuncia? ¿O acaso Usted está exento de cometer fallas por el mero hecho de ser el Gerente? Mas no hubo reacción alguna de los profesionales allí presentes, y esta omisión ha motivado la reflexión que hacía al comienzo de este escrito y que podemos recordar con otra pregunta: ¿Hasta qué punto se habrá resentido la reciedumbre personal, intelectual y moral de nuestros profesionales aduaneros que hoy desempeñan funciones públicas? Sabemos que muchos colegas aduaneros han sido excluidos de la administración por defender una idea o una convicción. ¡Bravo por ellos! ¿Pero qué decir de los que aún quedan dentro del servicio? Es indudable que la prudencia se ha impuesto como su forma habitual de conducta, y es así como se abstienen de formular dentro de su ámbito laboral opiniones críticas o negativas a la actual administración aduanera; y ello no es de por sí condenable, dado que no saben cuál de sus ahora “compañeros y amigos” de trabajo los podrá delatar. Saben, en cambio, que sus verdaderos aliados son quienes, como ellos, pasaron largos períodos de estudios y sacrificios y adquirieron una profesión permanente que aman y que es razón de su vida; saben que esos largos períodos significaron un desprecio a medrar en corrillos políticos o militares en alardes de adulancia y servilismo; saben que el verdadero éxito depende sólo del esfuerzo sostenido en el tiempo; y saben que esos advenedizos que hoy por hoy anegan nuestras oficinas públicas, son precisamente aquellos que antes medraban en los mentados corrillos políticos o militares y que ahora detentan una función temporal que los motiva a lograr rápidamente sus objetivos.

Pero prudencia exagerada equivale a cobardía. Y para no caer en ella se impone la reciedumbre personal, intelectual y moral antes aludida, reciedumbre que debe rechazar en toda ocasión el chantaje vertido en ciertos slogans publicitarios y que se manifiesta en estereotipos como los siguientes:

- Hay que objetar las declaraciones de los contribuyentes, aunque no se posean bases suficientes para hacerlo. Ello nos permitirá cobrar mayores impuestos y tasas, imponer multas y comisos, cubrir las metas de recaudación, dar una sensación de eficacia y severidad y, sobre todo, cumplir el plan evasión cero.

- Hay que declarar sin lugar aquellas solicitudes y recursos presentados contra los actos antes reseñados. ¡Quien no lo haga así es un corrupto o cómplice del evasor y debe ser removido de inmediato por atentar contra la pulcritud administrativa, que es uno nuestros valores irrenunciables!

- Ya tienen una nueva Ley anti-contrabando. Demuestren que ella sirve para algo y que tanto la Comisión que preparó el proyecto como la Asamblea que lo aprobó, hicieron algo muy bueno. ¡Levantad expedientes y enviadlos a las Fiscalías, que poco importa si en verdad se trata de contrabandos! ¡Ya hablaremos con los Fiscales y si es posible con los Jueces, para que ratifiquen vuestras actuaciones y se sumen así a nuestra lucha denodada contra el delito! ¡Te he dicho que le digas NO al contrabando! (Lástima que esa “lucha” continúe siendo, como antes, una cacería de recompensas dado el premio que increíblemente la leycita aprobada mantuvo para los denunciantes, aprehensores y hasta para los entes a los cuales ellos pertenecen. Y lástima que mientras esa “lucha” se libra en pequeñas escaramuzas para la distracción, a diario ingresa ilegalmente al país desde el verdadero escenario donde se gesta el delito, vale decir, desde nuestras militarizadas aduanas, cualquier cantidad de contenedores cargados hasta el tope con toda suerte de productos). ¡Adelante, a luchar milicia…! (¿De dónde diantres me habrá salido esta desprestigiada cantinela?)

- Reformemos las normas y la organización. Gastemos dinero a granel, creemos modernas oficinas y aumentemos la jerarquía de las existentes, compremos muchos equipos, incrementemos los sueldos. En suma ¡Modernicemos! Pero eso sí, que todo siga igual. Que sigan las sobrefacturaciones propiciadas por el vigente cambio controlado, ya que ellas incrementan la renta aduanera y nos permiten cumplir las metas prefijadas; que las verdaderas causas del contrabando permanezcan incólumes, pues para eliminarlas tendríamos que atacar muchos intereses creados; que prosiga la extorsión mediante las amenazas “persuasivas” de ciertos funcionarios, pues de ello vive mucha gente. ¡Nada ni nadie nos detendrán, pues siempre tenemos la razón!

Aunque en las líneas precedentes pueda entreverse un dejo de desazón, el verdadero sentido de ellas es de esperanza y seguridad. No malgastaría mi tiempo escribiéndolas si no tuviese fe. Ellas están modestamente dirigidas a reforzar el espíritu combativo del auténtico gremio aduanero: de aquel que se sobrepone a las adversidades y coyunturas surgidas de la ignorancia, la temeridad y el vicio, máculas estas que, ténganlo por seguro, algún día serán acorraladas y extirpadas.

Comenzamos esta nota entresacando como epígrafe parte de un tango. Sirva ello como homenaje a la maravillosa gesta de nuestro reciente ingreso al MERCOSUR. Por idéntica razón los slogans publicitarios que hemos reseñado en este escrito nos merecen un último comentario muy sureño: ¡NO JOROBEN!

Autor: Marco Antonio Osorio Ch.

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