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NOTAS SOBRE EL
ACTUAL PANORAMA ADUANERO VENEZOLANO |
No
hay aplazaos ni escalafón:
los inmorales nos han igualao.
(Del tango “Cambalache”)
En un ejercicio de imaginación me he preguntado cuán difícil podría
ser para los profesionales aduaneros (incluidos los técnicos dentro de
esta acepción) que hoy desempeñan funciones públicas, actuar bajo
estricto apego a sus principios morales, a su formación intelectual y
a los elementales parámetros de juridicidad que ellos bien conocen.
La pregunta anterior nada tiene de impertinente, puesto que los más
altos jerarcas de nuestras instituciones republicanas –y que no decir
de los más pequeños- se han encargado a través de varios años de
arraigar tal clima de inseguridad, desaliento y confusión en el
espectro aduanero del país, que hoy podría resultar verdadera hazaña
individual mantener una posición de reciedumbre y serenidad acorde con
una convicción íntima, en lugar de otra acomodaticia y complaciente
derivada del temor o de la conveniencia ocasional.
Sabemos que desde la misma fundación de la República nuestras aduanas
han sido auténticos bazares regentados casi siempre por militares,
familiares y adictos al régimen de turno, puestos allí no en virtud de
sus estudios especializados ni con el propósito de ser útiles a la
Patria, sino para enriquecerse y enriquecer a otros de manera fácil,
rápida e impune. En otros tiempos tan nefasta práctica, si bien nunca
justificada, encontraba explicaciones (que luego degenerarían en
pretextos) en diversos fenómenos sociales, tales como: carencia de
gente capacitada para asumir las respectivas funciones; concreción de
estas funciones a un objetivo meramente recaudatorio; falta de
conciencia sobre la importancia integral del control aduanero;
aislamiento del país con respecto a la fijación de su política
económica y comercial… Pero hoy esas explicaciones o pretextos han
perdido sustento: el país ha sido regado de institutos técnicos y de
educación superior a todo lo largo y ancho de su territorio, de los
cuales ha emergido un enorgullecedor caudal de profesionales. Y el
área aduanera no es, afortunadamente, la excepción, pues cuenta en la
actualidad con recursos humanos de excelencia, dignos y preparados
para asumir las múltiples y complejas tareas propias de dicha área.
Además, la apertura, inserción y participación de nuestro país en
tratados, convenios y acuerdos internacionales de todo tipo le han
permitido tomar conciencia de cuán importantes son las aduanas (más
allá de su superada y hasta deleznable función recaudatoria) para el
desarrollo armónico de una sociedad.
¿Cómo entender, entonces, que la execrable praxis aludida haya
continuado hasta nuestros días y se mantenga hoy con signos tan
visibles de frondosidad y vigor?
Para dar respuesta a este interrogante, como decíamos, ya no pueden
ser esgrimidos los mismos argumentos que otrora respaldaban cinismos y
provocaban resignaciones. La respuesta actual tiene, entonces, que
radicar en otras razones que han quedado desnudas con los años hasta
mostrársenos descarnadamente tal cual son y entre las cuales destacan
la corrupción (la simple, vulgar, abyecta y sempiterna) y su pariente
cercano: el sectarismo (que, como aquella, envilece todo cuanto toca).
Es así como hemos venido contando en las Aduanas Principales del país
con una serie de Gerentes que no poseen los más mínimos conocimientos
especializados sobre el tema y cuyas únicas credenciales no pareciesen
ser otras que la de ser o haber sido miembro de la Fuerza Armada y,
por supuesto, la de ser un sumiso feligrés del régimen. Para ello han
sido obviadas las reglas administrativas más elementales: no se exige
curso previo siquiera de adiestramiento básico; no se comienza por
aduanas subalternas o de poco movimiento, o ejerciéndose cargos
subalternos para luego poder accederse a los superiores. En fin, el
incumplimiento más grosero de lo que la Ley previene. Ya nos podemos
imaginar a un Técnico Superior Hacendista egresado de la Escuela
Nacional de Administración y Hacienda Pública y sin ninguna educación
militar comandando personal de tropa en una escaramuza con
paramilitares en la frontera: seguramente todo ese personal quedaría
diezmado en poco tiempo. ¿Por qué admitir entonces que un profesional
militar sí podría desempeñar exitosamente una función administrativa
de suyo compleja para la cual no está preparado?
¿Y qué hacen nuestros profesionales aduaneros cuando se topan con esta
cruda realidad? Hace poco me narraba un amigo reconocedor de una
importante aduana del país cómo su recién nombrado Gerente, militar no
por casualidad, en la primera reunión de profesionales que convocó,
les dijo: “¡No toleraré fallas de ninguno de Ustedes: a la primera
falla están botados!” En esa ocasión faltó que alguien replicase al
novel funcionario: ¿Y si la falla es cometida por Usted, señor
Gerente? ¿Presentaría de inmediato su renuncia? ¿O acaso Usted está
exento de cometer fallas por el mero hecho de ser el Gerente? Mas no
hubo reacción alguna de los profesionales allí presentes, y esta
omisión ha motivado la reflexión que hacía al comienzo de este escrito
y que podemos recordar con otra pregunta: ¿Hasta qué punto se habrá
resentido la reciedumbre personal, intelectual y moral de nuestros
profesionales aduaneros que hoy desempeñan funciones públicas? Sabemos
que muchos colegas aduaneros han sido excluidos de la administración
por defender una idea o una convicción. ¡Bravo por ellos! ¿Pero qué
decir de los que aún quedan dentro del servicio? Es indudable que la
prudencia se ha impuesto como su forma habitual de conducta, y es así
como se abstienen de formular dentro de su ámbito laboral opiniones
críticas o negativas a la actual administración aduanera; y ello no es
de por sí condenable, dado que no saben cuál de sus ahora “compañeros
y amigos” de trabajo los podrá delatar. Saben, en cambio, que sus
verdaderos aliados son quienes, como ellos, pasaron largos períodos de
estudios y sacrificios y adquirieron una profesión permanente que aman
y que es razón de su vida; saben que esos largos períodos significaron
un desprecio a medrar en corrillos políticos o militares en alardes de
adulancia y servilismo; saben que el verdadero éxito depende sólo del
esfuerzo sostenido en el tiempo; y saben que esos advenedizos que hoy
por hoy anegan nuestras oficinas públicas, son precisamente aquellos
que antes medraban en los mentados corrillos políticos o militares y
que ahora detentan una función temporal que los motiva a lograr
rápidamente sus objetivos.
Pero prudencia exagerada equivale a cobardía. Y para no caer en ella
se impone la reciedumbre personal, intelectual y moral antes aludida,
reciedumbre que debe rechazar en toda ocasión el chantaje
vertido en ciertos slogans publicitarios y que se manifiesta en
estereotipos como los siguientes:
- Hay que objetar las declaraciones de los contribuyentes, aunque no
se posean bases suficientes para hacerlo. Ello nos permitirá cobrar
mayores impuestos y tasas, imponer multas y comisos, cubrir las metas
de recaudación, dar una sensación de eficacia y severidad y, sobre
todo, cumplir el plan evasión cero.
- Hay que declarar sin lugar aquellas solicitudes y recursos
presentados contra los actos antes reseñados. ¡Quien no lo haga así es
un corrupto o cómplice del evasor y debe ser removido de inmediato por
atentar contra la pulcritud administrativa, que es uno nuestros
valores irrenunciables!
- Ya tienen una nueva Ley anti-contrabando. Demuestren que ella sirve
para algo y que tanto la Comisión que preparó el proyecto como la
Asamblea que lo aprobó, hicieron algo muy bueno. ¡Levantad expedientes
y enviadlos a las Fiscalías, que poco importa si en verdad se trata de
contrabandos! ¡Ya hablaremos con los Fiscales y si es posible con los
Jueces, para que ratifiquen vuestras actuaciones y se sumen así a
nuestra lucha denodada contra el delito! ¡Te he dicho que le digas NO
al contrabando! (Lástima que esa “lucha” continúe siendo, como antes,
una cacería de recompensas dado el premio que increíblemente la
leycita aprobada mantuvo para los denunciantes, aprehensores y hasta
para los entes a los cuales ellos pertenecen. Y lástima que mientras
esa “lucha” se libra en pequeñas escaramuzas para la distracción, a
diario ingresa ilegalmente al país desde el verdadero escenario donde
se gesta el delito, vale decir, desde nuestras militarizadas aduanas,
cualquier cantidad de contenedores cargados hasta el tope con toda
suerte de productos). ¡Adelante, a luchar milicia…! (¿De dónde
diantres me habrá salido esta desprestigiada cantinela?)
- Reformemos las normas y la organización. Gastemos dinero a granel,
creemos modernas oficinas y aumentemos la jerarquía de las existentes,
compremos muchos equipos, incrementemos los sueldos. En suma
¡Modernicemos! Pero eso sí, que todo siga igual. Que sigan las
sobrefacturaciones propiciadas por el vigente cambio controlado, ya
que ellas incrementan la renta aduanera y nos permiten cumplir las
metas prefijadas; que las verdaderas causas del contrabando
permanezcan incólumes, pues para eliminarlas tendríamos que atacar
muchos intereses creados; que prosiga la extorsión mediante las
amenazas “persuasivas” de ciertos funcionarios, pues de ello vive
mucha gente. ¡Nada ni nadie nos detendrán, pues siempre tenemos la
razón!
Aunque en las líneas precedentes pueda entreverse un dejo de desazón,
el verdadero sentido de ellas es de esperanza y seguridad. No
malgastaría mi tiempo escribiéndolas si no tuviese fe. Ellas están
modestamente dirigidas a reforzar el espíritu combativo del auténtico
gremio aduanero: de aquel que se sobrepone a las adversidades y
coyunturas surgidas de la ignorancia, la temeridad y el vicio, máculas
estas que, ténganlo por seguro, algún día serán acorraladas y
extirpadas.
Comenzamos esta nota entresacando como epígrafe parte de un tango.
Sirva ello como homenaje a la maravillosa gesta de nuestro reciente
ingreso al MERCOSUR. Por idéntica razón los slogans publicitarios que
hemos reseñado en este escrito nos merecen un último comentario muy
sureño: ¡NO JOROBEN!
Autor: Marco Antonio Osorio Ch.
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