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Seguiremos
diciendo, a riesgo de parecer fasti-diosos y cargan-tes, que el
servi-cio aduanero ve-nezolano requie-re, urgentemente, una
enjundiosa revisión y un aná-lisis que ponga por delante los grandes
intereses nacionales. Por tales intereses de-ben entenderse aquellos
que priori-cen el desarrollo, la creación de riqueza, el cuido de
los valores éticos, la creación de fuentes de trabajo, la inversión
extranjera y, en fin, una mejor calidad de vida para todos los
habitantes de esta tierra bendita.
Como en pocos países, la aduana venezolana ve acrecentar su impor-tancia
por las ingentes importa-ciones a que nos obliga nuestra condición
de país monoproductor y atrasado. La política de sustitución de
importaciones, inaugurada en los albores de la democracia, fracasó
en su implementación y no ha encontrado sustituto, por lo que el
país parece resignado a vender petróleo y comprar de todo, a ob-servar
despreocupadamente la sali-da de un recurso natural no renova-ble y
que algún día se agotará o será sustituido, y la importación
desmedida y alocada de cuanto se produce a lo largo del mundo.
Casi todo lo que comemos, vestimos o usamos ha pasado por una
oficina aduanera; ese es el quid del asunto. Ese hecho
incontrovertible eleva la importancia de las aduanas hasta niveles
inimaginables y le aplica ca-rácter de urgencia a la búsqueda de
soluciones a su problemática: desor-den, politiquería, lentitud,
ilegalidad, ineptitud y, sobre todo, corrupción.
Ni este ni cualquier otro país alcan-zará el desarrollo y la
modernidad con aduanas depauperadas por sus vicios y arcaísmos; con
aduanas incapaces de producir estadísticas confiables de comercio
exterior, que son indispensables para la planea-ción del futuro; con
aduanas que permiten el ingreso de detonantes que amputarán miembros
a niños y jóvenes a todo lo largo de nuestras fiestas navideñas; con
aduanas ler-das para impedir el fraude masivo de que es víctima la
población a través de la simulación de marcas de fábrica; con
aduanas…
C.A.S.
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