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Con el transcurrir del tiempo, el servicio aduanero nacional ha
perdido capacidad para ejercer los controles que le ordenan las leyes
de la República.
Junto con la adopción de figuras para facilitar el comercio
internacional, tales como los almacenes privados fiscalizados, las
zonas francas y puertos libres, los almacenes in bond, las zonas
portuarias bajo control privado y otros de similar naturaleza, las
aduanas han debido afinar sus normas y procedimientos para enfrentar
unas realidades más exigentes por su dinamismo y por la pluralidad de
agentes que intervienen en los procesos de introducción y extracción
de mercancías.
Por razones que no viene al caso analizar, los grandes cambios que
afectan la actividad aduanera han sido realizados a sus espaldas. En
la toma de decisiones que las afectan, las aduanas han sido las
grandes ausentes o las invitadas de piedra, bien por la miopía y el
egoísmo ajenos o por la mediocridad de su estrato directivo, que nada
o poco ha tenido para aportar a la hora de los cambios trascendentes.
Por ello, muchos almacenes privados fiscalizados se convirtieron
aceleradamente y desde hace mucho tiempo, en trampolines para ejercer
el contrabando; reciben cargamentos cuya cantidad y naturaleza no son
verificadas por las autoridades en el momento de la descarga del
vehículo porteador, quedando a su libre albedrío el realizar o no las
correspondientes participaciones al sector oficial. En virtud de este
descuido insólito propio de un país de comiquita, han florecido
empresas que ofrecen públicamente servicios puerta-puerta de traslado
de mercancías desde Miami hasta Caracas, sin pago de derechos ni
realización de los trámites pertinentes.
Las zonas portuarias ajenas a la propiedad del Estado se han
convertido en los paraísos de los contrabandistas. Los sobordos,
modificados a voluntad por los transportistas o sus representantes,
constituyen la única noticia que tiene la aduana de la llegada de
mercancías a puerto; en ausencia de una confrontación de los bultos
descargados contra los documentos presentados por el porteador, es
este último quien decide, en la práctica, cuáles mercancías han de ser
vistas por la aduana, cuáles cumplirán los trámites que ordenan las
leyes y quiénes satisfacerán los derechos causados.
La aduana boba parece haber olvidado que su obligación consiste en
intervenir y controlar el paso de mercancías extranjeras, nacionales o
nacionalizadas a través de las fronteras, aguas territoriales y
espacio aéreo; incumpliendo su deber fundamental, se distrae revisando
papeles que muchas veces no tienen concordancia con la realidad,
mientras el contrabando penetra alegremente frente a sus propias
narices.
Por imperativo de la realidad, las aduanas deben volver a la
contrastación minuciosa de los cargamentos con los manifiestos de
carga; con funcionarios que le sean propios, deben aprehender las
mercancías y someterlas al régimen de prenda preceptuado en la ley
hasta la culminación del trámite respectivo, con independencia de que
el almacenamiento de los efectos se realice en patios o almacenes
ubicados en la zona primaria y bajo su administración directa o en
lugares regentados por el sector privado.
La forma en que operan los correos privados (couriers) constituye una
de las muestras más evidentes de la degradación del control a que nos
hemos venido refiriendo; mercancías de la más variada especie entran y
salen del país en voluminosos bultos, sin que exista un control real
sobre su contenido ni una determinación correcta de los derechos
causados. En beneficio de la celeridad se desmantelaron los controles
y al lado del peluche de regalo o del documento mercantil puede
ingresar un costoso componente electrónico o un polvillo blanco de
extraña naturaleza.
La proliferación de almacenes privados en los que se depositan
mercancías a la espera del perfeccionamiento de la operación
aduanera, desbordó hace ya mucho tiempo la capacidad contralora de la
aduana. La concesión a tienta y a locas de licencias para operar este
tipo de depósito, sin tomar en cuenta el esfuerzo contralor que cada
nueva realidad demandaba, tenía que producir y produjo los resultados
que hoy observamos con asombro y angustia.
Con tendenciosa habilidad se ha manejado el criterio de que un buen
control aduanero genera trabas insoportables para la industria y el
comercio; nada más falso. Una aduana bien concebida y que haga uso de
las múltiples facilidades que ofrece la tecnología moderna puede
realizar, de manera casi imperceptible, un control riguroso del
tráfico de mercancías y producir estadísticas de comercio
internacional de forma rápida y confiable.
Retomar los controles que le ordenan las leyes, dentro de conceptos de
modernidad y facilitación del comercio internacional es imperativo
impostergable, para que la aduana boba sea suplantada por la aduana
nueva que exigen las nuevas realidades del país.
Autor: Carlos Asuaje Sequera
NOTA: este artículo fue escrito y publicado en diciembre de 1994.
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