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La
corrupción admi-nistrativa que pare-ce venir adosada a todos los
sistemas de híper control es-tatal, está dejando su impronta malé-vola
en la forma de vivir del venezolano. A una situación económica
signada por el estancamiento y la inflación, se suma la
desconfianza, esta última po-tenciada por una negativa situación
bancaria que pudo haberse evitado si los órganos del Estado
designados para ello hubiesen cumplido con sus deberes de
supervisión y control.
El CADIVI de hoy no es muy diferente del RECADI de ayer; la
proliferación de restricciones a la importación y los recién
inventados Certificado de Insu-ficiencia y Certificado de no
Producción Nacional, encarecen el dólar prefe-rencial hasta valores
cercanos al doble de su valor nominal, por lo que el sacrificio
fiscal no produce el buscado efecto de abaratar los productos
básicos para la vida del venezolano común.
Debemos admitir que los cuadros de la corrupción son más diligentes
y eficaces que los de su achicopalada contraparte; actúan con
prepotencia y desparpajo, asegurada su impunidad en un sistema
judicial de jueces provi-sorios que priorizando el interés de
conservar el cargo, actúan de espalda a la Constitución y a las
leyes, sumisos ante las órdenes de su empleador.
La situación es seria y preocupante, pero no por ello debemos pensar
que estamos en vísperas del ocaso de la República nacida en 1811;
quienes hemos vivido más de media centuria sabemos que esta no es la
primera gran crisis venezolana y que tampoco será la última y que el
verdadero peligro consiste en no hacer nada, en admitir los
problemas como obra providencial y no como cosechas de las malas
siembras, consecuencia predecible de los errores cometidos a lo
largo de lustros y en un deterioro moral que es, en definitiva, la
causa de buena parte de nuestros males.
Hacemos nuestra la afirmación de Horst Schönbohm: “La guerra contra
la corrupción debe ser ganada porque es una guerra para preservar
los funda-mentos del Estado y de la sociedad”.
C.A.S.
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