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El
servicio aduanero venezolano requiere con urgencia una redefinición de
sus metas y una reorganización de sus cuadros. Lo primero, para
extirpar la idea, ya de vieja data, de que las aduanas son entes
recaudadores, suerte de peajes donde el importador satisface, de
consuno, los impuestos y el voraz apetito de la corrupción, cada vez
mas agresiva por impune; lo otro, para ubicarlas en las vísperas del
siglo XXI, para convocarlas al gran esfuerzo nacional que nos impone
la crisis, para amputar la inmoralidad administrativa, en cuya
presencia todos los males encuentran cobijo.
A decir de la Ley que regula la materia, el servicio aduanero de la
República tiene por finalidad intervenir y controlar el paso de
mercancías extranjeras, nacionales o nacionalizadas a través de las
fronteras, aguas territoriales o espacio aéreo, a objeto de determinar
y aplicar el régimen jurídico al cual dichas mercancías estén
sometidas. Ese es, y no otro, el deber que corresponde a este
organismo público.
Las aduanas ejercen funciones relacionadas con la salud de personas,
animales y plantas, al impedir la introducción ilícita de drogas y de
mercaderías portadoras de enfermedades; al negar la internación ilegal
de armas, preservan la paz, y al hacer lo propio con la pornografía y
con objetos que alienten la comisión de hechos ilícitos, se
constituyen en defensoras de la legalidad, de la moralidad y el orden
públicos; al recaudar con exactitud las tasas e impuestos, a la vez
que engruesan el patrimonio fiscal, materializan las políticas y
orientaciones del Estado en materia de comercio internacional; cuando
impiden la extracción fraudulenta de bienes de primera necesidad,
niegan el disfrute en tierras extrañas de artículos íntimamente
ligados a la mesa de los mas pobres.
Pero, ) a qué servicio aduanero me refiero? Acaso a uno descrito en
los cuentos de Hans Christian Andersen. ( No!, hago referencia a la aduana
posible , a un fragmento de esa Venezuela realizable soñada por
quien, sin ocultar su angustia por el porvenir, se tituló "viejo
soldado de la esperanza".
No pertenece al hado de lo inevitable la antigua sinonimia entre lo
aduanero y lo corrupto; no es fatal que las aduanas sean aposento del
desorden y de todo género de vicios e ilegalidades; no es ineluctable
que sean presas permanentes de aventureros, apadrinados, e
indeseables de toda laya. Nada impide, que no sea nuestra propia
laxitud, la transformación de una realidad que es más perniciosa en
cuanto mayores sean las esperanzas de expandir nuestra economía
mediante una vasta y vigorosa política de comercio internacional.
Nuestro servicio aduanero, al igual que el resto del país, ha sido
deteriorado por la contradicción fundamental de nuestra democracia:
anteponer el beneficio de unos pocos a la felicidad del colectivo;
superponer los intereses personales, del compañero o del amigo sobre
los legítimos del conglomerado nacional.
Frente a la realidad actual, ciertamente, existe una aduana posible:
honesta, moderna, tecnificada, exacta cumplidora de sus deberes,
impermeable a las lisonjas corruptoras y ajena a las ilegalidades. Esa
es la aduana que los venezolanos de este tiempo difícil estamos
obligados a construir, por mandato moral y necesidad material; esa es
la aduana que de haber existido durante el quinquenio constitucional
anterior, hubiese impedido el fenómeno RECADI, a fuerza de una
correcta valoración de las mercancías importadas. Esa es la aduana que
coadyuvará al logro de un desarrollo económico creciente y sostenido,
a la paz social, al rescate de la plena soberanía, a la revalorización
de la moral y a la reactivación de la esperanza.
Abrumados por la impunidad de los delitos, por la falsedad de las
promesas, por las estrecheces económicas, por la inseguridad personal
y, en fin, por la disminución de la calidad de la vida, los
venezolanos debemos tener especial cuidado en no dejarnos captar por
el fatalismo. Al contrario, es tiempo de renovar la fe, de intuir que
somos nosotros mismos los que debemos construir el futuro, que sólo de
nuestro esfuerzo pueden surgir la aduana posible, la Venezuela posible
y el bienestar posible.
NOTA: este artículo fue escrito el 22 de enero de 1.990.
Autor: Carlos Asuaje Sequera
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